lunes, 12 de septiembre de 2011

Mudanzas

En Caracas, alrededor de 1996

Creo que lo que más siento es haber perdido Sabana Grande. Están lejos ahora los paseos de la infancia; a veces con patineta, siempre con golfeados y malta a mitad del bulevar. Lejos, las primeras salidas al cine con los amigos al Radio City o al Broadway. Ni hablar de las cervezas en el Gran Café, hace años la vida nocturna se circunscribe a Las Mercedes. Recuerdo cuando de muchacha paseábamos buscando los zapatos o trajes de baño de última moda… ¡El último diciembre hice todas mis compras navideñas en el CCCT! Ya saben: más seguro, más cómodo para llevar el carro. Y así se deshizo ese último vínculo.
La vida en Los Caobos, aunque urbana y en edificios, tenía todavía algo de comunidad: tanta gente que te conoce y te saluda en el camino al Metro, las vecinas que odiaste por contarle a mamá que te vieron besando al primer novio en la esquina, pero a quienes también agradeciste por acompañarte en la tristeza por tu gata atropellada.
Somos una más de esas familias clase media que padecen lo que hace tiempo leí (no recuerdo el autor, lo siento), donde alguien nos describía con “fototropismo positivo” por estar siempre buscando el este. La mudanza hacia el sureste ha tenido ventajas, por supuesto. La principal quizás es habernos librado del vallenato los sábados por la mañana y que en su lugar te despierten las guacharacas. Pero en el aséptico orden de la nueva urbanización no hay abasto, no hay quincalla, no venden flores en la esquina, nadie te fía. En dos años no he conocido al primer vecino. ¿Cómo, si vivo montada en un carro yendo y viniendo del trabajo? Quizás aún sin mudanza la vida seguiría siendo igual de solitaria y el tema es que crecimos… ¡no lo sé!
¡Qué barbaridad, me equivoqué! ¿Cómo olvidar El Ávila? Desde la nueva casa no hay ningún indicio de su existencia. Ya no puedo mirar cómo cambia de color con el atardecer mientras pienso y suspiro, como pensamos y suspiramos todas por nuestros hombres. ¿Qué clase de melancolía es esta, sin El Ávila haciéndote compañía?
Así que mientras hago montones de trámites para mi muy anhelado viaje de estudios a Europa, no hay tristeza, ni añoranza. Sólo esas ganas intensas de ver el mundo y de dejar atrás algunas cosas y sólo será posible poniendo mar y kilómetros de por medio. No creo que sea falta de apego a mi terruño; simplemente, la principal mudanza y el desarraigo ya han ocurrido aunque siga habitando en la misma ciudad.

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